«Pepe Pineda era amigo y desde su tiesura dictaba la hora de cierre de Casa Moreno»

¿A los que vienen con prisas y con el ego subidito ¿los frena o se frenan?

Se frenan. La educación derriba todos los muros.

Si la prisa es plebeya ¿el temple es aristocracia?

El temple es cogerle el pulso a la vida y saber que transcurre sin prisas y disfrutando. Hay quien sale a la calle, camina, no mira, ni respira. Y la vida hay que olerla y sentirla.

¿Qué diferencia hay entre un camarero y un tabernero

Es la misma profesión en tiempos distintos.

¿Y usted qué se considera?

Camarero. Por la época que me ha tocado vivir y por los tipos de bares que hay en Sevilla y que a me gustan.

¿Cual es el camarero fetén?

Para mi es el profesional que usa mandil, su camisa blanca de camarero, su tiza en la oreja y tiene las manos rojas y arrugás de trato fregar.

Dicen que en Pamplona no hay bar que no tengan una placa que diga: «aquí estuvo Hemingway». Usted podría poner una diciendo que en Casa Moreno pagó siempre Pepe Pineda.

(Risas) Correcto. Así es. En Pamplona es tan generalizada la costumbre que hay uno que, irónicamente, pone que allí no estuvo Hemingway. Pepe Pineda fue amigo de la casa. Y llegó a dictar con su prosapia de marqués tieso la hora a la que cerraba el bar.

También os visita Joaquín Sabina.

Así es. A mi me recuerda a los gatos. No dejas que lo acaricies. Hay que esperar que él te lo pida.

Y Serrat.

Un tipo educado, simpático, correcto. Le encanta comprar embutidos y picos y regañás.

Las paredes de Casa Moreno están grafiteadas de aforismos que usted mismo escribe o escoge de escritores consagrados. ¿Por qué no me recuerda algunos de esos aforismos?

Por ejemplo, «la prisa es plebeya», «el humor es una trinchera», «yo soy mi amor platónico», «si no sirvo, no sirvo…»

¿Le gusta la literatura, la poesía?

Me apasionan los clásicos y los poetas sevillanos como Murube, Cernuda, Montesinos, Laffón y Sierra. Por cierto, don Juan Sierra, solía decir en sus actos literarios, «quién me iba a decir a mi que me iban a conocer como el padre de Quino…»

Cada vez que se monta la Feria del Libro usted suele leerse las novelas de los escritores más populares para darles ración doble de sopa de letras cuando van al bar ¿verdad?

Hay que estar preparado para todo. En la vida todo se torea. Hay que tener un guión establecido. Hay que transmitir seguridad. Y a un escritor que le hablen de sus libros lo engloria.

Creo que Fernando Iwasaki acompañó a Vargas Llosa que le dejó escrito un magnífico piropo en el libro de honor de la casa…

Así es. Vino a presentar su novela «El paraíso en la otra esquina». Quedó asombrado de los aforismos que leyó en la pared y de la personalidad castiza del bar. Luego firmó en el libro de honor diciendo: «A Casa Moreno, el verdadero paraíso de esta esquina».

Usted mantiene la teoría curiosa de que el dueño de un bar es el camarero no el socio capitalista. ¿Por qué?

Porque es el que está al pie del cañón. Si tu no has sudado detrás de un mostrador, si no has sufrido la guasa de algunos clientes y si tienes que disimular un estado de ánimo bajo haciendo creer que eres el más simpático, difícilmente puedas entender ese mundo. Mi jefe es el primero y el último que se va del trabajo. Da ejemplo.

¿Un bar te hace rico?

Si lo trabajas bien te da para no pasar sustos en tu jubilación. Pero hay que trabajarlo, con cabeza, sabiendo que lo que hay en el cajón no es para ti ni para el bingo.

A usted lo retiró el bar de estudiar periodismo en los ochenta…

Tenía veinte años, estrenaba novia y billetes en la cartera. Yo era incapaz de coger un libro. Cuando pueda, en homenaje a mi padre, estudiaré la carrera. Escribiría un único artículo a su memoria en todos los periódicos. Luego me cortaría la coleta. Aprendí leyendo ABC.

Tiene usted pinta de ser un romántico incorregible y de que elegiría antes el bar Pepe que un gastrobar…

Donde yo vea un camarero gordito, que sepa de toros, fútbol y flamenco, con el peluco en la botella de Castellana para que no se moje, al lado de San Pancracio y el perejil, con las cuentas de los moroso pintadas a tiza y en la columna de la pared el cupón de los ciegos, ese bar es de los míos.

Cinco periódicos
Hijo del periodista Emilio Vara, quiso seguir la profesión, pero los bares le quitaron la idea de la cabeza. Recuerda que, en su casa, su padre ponía sobre la mesa los cinco periódicos del día, donde él se asomaba al mundo. Dice que es el más trianero de los macarenos y entrega la cuchara con la Semana Santa de Sevilla y la literatura que genera. Su rincón favorito es el puente de Triana, que estrena cada día una luz distinta. Le hubiera encantado ser camarero de los bares decimonónicos, donde los poetas, los policías y los golfos se daban cita a la hora de los lobos. Su conocimiento del otro lado del mostrador lo lleva a ver a Morante y no hablarle de toros y tratar a Emilio Muñoz y no mentarle la fiesta. Mantiene que a los clientes de jerarquía hay que hacerles monumentos con las palabras.¿A los que vienen con prisas y con el ego subidito ¿los frena o se frenan?

Se frenan. La educación derriba todos los muros.

Si la prisa es plebeya ¿el temple es aristocracia?

El temple es cogerle el pulso a la vida y saber que transcurre sin prisas y disfrutando. Hay quien sale a la calle, camina, no mira, ni respira. Y la vida hay que olerla y sentirla.

¿Qué diferencia hay entre un camarero y un tabernero

Es la misma profesión en tiempos distintos.

¿Y usted qué se considera?

Camarero. Por la época que me ha tocado vivir y por los tipos de bares que hay en Sevilla y que a me gustan.

¿Cual es el camarero fetén?

Para mi es el profesional que usa mandil, su camisa blanca de camarero, su tiza en la oreja y tiene las manos rojas y arrugás de trato fregar.

Dicen que en Pamplona no hay bar que no tengan una placa que diga: «aquí estuvo Hemingway». Usted podría poner una diciendo que en Casa Moreno pagó siempre Pepe Pineda.

(Risas) Correcto. Así es. En Pamplona es tan generalizada la costumbre que hay uno que, irónicamente, pone que allí no estuvo Hemingway. Pepe Pineda fue amigo de la casa. Y llegó a dictar con su prosapia de marqués tieso la hora a la que cerraba el bar.

También os visita Joaquín Sabina.

Así es. A mi me recuerda a los gatos. No dejas que lo acaricies. Hay que esperar que él te lo pida.

Y Serrat.

Un tipo educado, simpático, correcto. Le encanta comprar embutidos y picos y regañás.

Las paredes de Casa Moreno están grafiteadas de aforismos que usted mismo escribe o escoge de escritores consagrados. ¿Por qué no me recuerda algunos de esos aforismos?

Por ejemplo, «la prisa es plebeya», «el humor es una trinchera», «yo soy mi amor platónico», «si no sirvo, no sirvo…»

¿Le gusta la literatura, la poesía?

Me apasionan los clásicos y los poetas sevillanos como Murube, Cernuda, Montesinos, Laffón y Sierra. Por cierto, don Juan Sierra, solía decir en sus actos literarios, «quién me iba a decir a mi que me iban a conocer como el padre de Quino…»

Cada vez que se monta la Feria del Libro usted suele leerse las novelas de los escritores más populares para darles ración doble de sopa de letras cuando van al bar ¿verdad?

Hay que estar preparado para todo. En la vida todo se torea. Hay que tener un guión establecido. Hay que transmitir seguridad. Y a un escritor que le hablen de sus libros lo engloria.

Creo que Fernando Iwasaki acompañó a Vargas Llosa que le dejó escrito un magnífico piropo en el libro de honor de la casa…

Así es. Vino a presentar su novela «El paraíso en la otra esquina». Quedó asombrado de los aforismos que leyó en la pared y de la personalidad castiza del bar. Luego firmó en el libro de honor diciendo: «A Casa Moreno, el verdadero paraíso de esta esquina».

Usted mantiene la teoría curiosa de que el dueño de un bar es el camarero no el socio capitalista. ¿Por qué?

Porque es el que está al pie del cañón. Si tu no has sudado detrás de un mostrador, si no has sufrido la guasa de algunos clientes y si tienes que disimular un estado de ánimo bajo haciendo creer que eres el más simpático, difícilmente puedas entender ese mundo. Mi jefe es el primero y el último que se va del trabajo. Da ejemplo.

¿Un bar te hace rico?

Si lo trabajas bien te da para no pasar sustos en tu jubilación. Pero hay que trabajarlo, con cabeza, sabiendo que lo que hay en el cajón no es para ti ni para el bingo.

A usted lo retiró el bar de estudiar periodismo en los ochenta…

Tenía veinte años, estrenaba novia y billetes en la cartera. Yo era incapaz de coger un libro. Cuando pueda, en homenaje a mi padre, estudiaré la carrera. Escribiría un único artículo a su memoria en todos los periódicos. Luego me cortaría la coleta. Aprendí leyendo ABC.

Tiene usted pinta de ser un romántico incorregible y de que elegiría antes el bar Pepe que un gastrobar…

Donde yo vea un camarero gordito, que sepa de toros, fútbol y flamenco, con el peluco en la botella de Castellana para que no se moje, al lado de San Pancracio y el perejil, con las cuentas de los moroso pintadas a tiza y en la columna de la pared el cupón de los ciegos, ese bar es de los míos.

Cinco periódicos
Hijo del periodista Emilio Vara, quiso seguir la profesión, pero los bares le quitaron la idea de la cabeza. Recuerda que, en su casa, su padre ponía sobre la mesa los cinco periódicos del día, donde él se asomaba al mundo. Dice que es el más trianero de los macarenos y entrega la cuchara con la Semana Santa de Sevilla y la literatura que genera. Su rincón favorito es el puente de Triana, que estrena cada día una luz distinta. Le hubiera encantado ser camarero de los bares decimonónicos, donde los poetas, los policías y los golfos se daban cita a la hora de los lobos. Su conocimiento del otro lado del mostrador lo lleva a ver a Morante y no hablarle de toros y tratar a Emilio Muñoz y no mentarle la fiesta. Mantiene que a los clientes de jerarquía hay que hacerles monumentos con las palabras.

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