La mariana ciudad de Sevilla celebra la festividad de la Inmaculada en la Catedral

El altar del Jubileo de la Catedral hispalense acogerá la mañana de este miércoles, 8 de diciembre, la tradicional Eucaristía con motivo de la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María. La misa será presidida por el arzobispo de Sevilla, monseñor José Ángel Saiz, y comenzará a las diez de la mañana.

Los fieles podrán acceder a la Catedral por la Puerta de San Miguel y de los Palos, que estarán abiertas desde las ocho de la mañana.

Octava de la Inmaculada
Igualmente, la Octava de la Inmaculada se celebrará del 8 al 15 de diciembre en la seo hispalense. A las cinco y media de la tarde comenzará la Octava en el altar mayor, con la celebración de la Palabra y adoración eucarística. Posteriormente, y como marca la tradición, el órgano señalará el inicio del baile de seises, en esta ocasión ataviados con el terno celeste y blanco, propio de la solemnidad inmaculista. El acceso será desde las 16:45 por las puertas de Palos y San Miguel.

Los Seises de la Catedral de Sevilla
No se sabe con seguridad desde cuándo comenzaron a danzar los seises de la Catedral de Sevilla, pero su aparición parece está ligada a la procesión del Corpus durante el periodo renacentista, a la que más tarde se sumaron las otras dos, la Inmaculada y en el preámbulo del Miércoles de Ceniza, ritual con el que todos los años se inicia la Cuaresma. Este útltimo rito tiene su origen en 1695 y se celebra gracias a que el caballero don Francisco de Contreras y Chávez donó sus bienes al Cabildo para que en los días de Carnaval se celebraran estos cultos eucarísticos en desagravio a Dios por los pecados y ofensas de la gente durante estas fiestas paganas. Se trata de una de las tradiciones más entrañables y cercanas al pueblo que tiene lugar en la Catedral y una de las ocasiones en las que mejor se puede apreciar el baile de los niños, ya que suele ser una celebración menos multitudinaria que la del Corpus o la Inmaculada.

El baile de los Seises
Primitivamente bailaban acompañándose con un instrumento musical característico del pasado sevillano: el «adufe» o pandero. Más tarde se sustituyó por las castañuelas, que utilizan todos los niños en sus bailes en la actualidad. Durante las actuaciones interpretaban villancicos de la época medieval y a finales del siglo XVI ya se van sustituyendo por canciones musicales de mayor empeño, creadas por los maestros de capilla de la Catedral. Solían ir acompañadas del órgano y de la orquesta, siempre en un compás lento y ceremonioso.

En todos los actos de Los Seises realizan tres bailes, uno en honor del Santísimo Sacramento, o en honor de la Virgen, el segundo baile en honor del prelado, y el tercero en honor de las autoridades y del pueblo. Además de participar en los cultos, y bailar ante el altar en las dos octavas, suelen salir en otras ocasiones excepcionales.

El traje es de color azul celeste para la festividad de la Inmaculada Concepción

Raúl Doblado
Una indumentaria de leyenda
Los trajes de los diez niños que forman el cortejo de los Seises no son cualquiera y han ido evolucionando de una forma muy peculiar de la mano de una tradición casi de leyenda. Tal y como contó años atrás en este mismo periódico Manuel Sánchez de los Reyes, «en los dos primeros siglos vestían de pastorcillos, con una pelliza mostrando la lana del cordero hacia fuera, calzados cortos, y unos borceguíes o botas de becerro. También se cree que en alguna festividad eucarística se ataviaban con trajes de ángeles». Un detalle muy curioso es que hay un tabernáculo o caja de guardar las Hostias que se conserva en la Catedral, que tiene pintada sobre la madera unas figuras de angelitos que llevan las alas sujetas a los pies, con unas polaínas, y que se supone es una representación de los primitivos seises.

Fue en el siglo XVII cuando se cambió la ropa por un trajecito de paje al estilo de la corte de los Austrias. De esta manera lo describe De los Reyes: «un juboncillo o coleto, que viene a ser como una chaquetilla sin mangas, muy ajustado al cuerpo. Por debajo de él asomaban las mangas de una prenda a manera de camisa, plisadas y abullonadas». Dependiendo de la festividad el juboncillo es de color u otro. Rojo para los día de octava del Corpus, y azul celeste para la octava de la Inmaculada Concepción. La prenda inferior es un calzón corto, de seda blanca, y de color blanco también las medias. El atuendo se completa con una banda que cruza el pecho, zapatos forrados en raso, y un sombrero con plumas.

Los bailes de los Seises, a pesar de ser una tradición muy arraigada en la ciudad y que no se sale del tono ceremonioso cumpliendo siempre con el decoro para el que fueron creados, no siempre han sido aceptados por los arzobispos de la sede hispalense. Muchos de ellos rechazaron esta tradición y procuraron por todos los medios suprimir los niños seises y acabar con el baile ante el altar mayor. Esta interesante polémica la cuenta con detalle De Los Reyes, ya que hubo canónigos llegaron a acudir a querellarse en Roma y «hubo un ruidosísimo proceso eclesiástico».

El asunto se cerró con una disposición de el Papa de Roma que rezaba lo siguiente: «continúen Los Seises y sus bailes en la Catedral de Sevilla como hasta ahora, pero solamente por el tiempo que que les duren los actuales vestidos, y cuando éstos sean desechados no se les hagan vestidos nuevos y se dé por terminado este uso». En este momento parecía que se le puso fecha de caducidad a la tradición, pero afortunadamente no fue así.

Para que nunca se desechasen los vestidos, puesto que no se les podrían hacer nunca otro nuevos, el Cabildo determinó que de esa fecha en adelante se le hicieran a tales vestidos solamente reparaciones, pero nunca sustituirlos por otros nuevos. Y aquí está el truco: las reparaciones consistirían en hacerles modificaciones por partes. Es decir, cambiarles un mes una manga, al siguiente la otra, sustituir más adelante un delantero, y reponer al año posterior la banda. Y con los sombreros la estrategia es idéntica: se les cambia un año las plumas, otro la copa, y al otro el ala y así. El arte de ir remendando siempre, peculiar tradición que siguen desde aquella fecha hasta hoy.El altar del Jubileo de la Catedral hispalense acogerá la mañana de este miércoles, 8 de diciembre, la tradicional Eucaristía con motivo de la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María. La misa será presidida por el arzobispo de Sevilla, monseñor José Ángel Saiz, y comenzará a las diez de la mañana.

Los fieles podrán acceder a la Catedral por la Puerta de San Miguel y de los Palos, que estarán abiertas desde las ocho de la mañana.

Octava de la Inmaculada
Igualmente, la Octava de la Inmaculada se celebrará del 8 al 15 de diciembre en la seo hispalense. A las cinco y media de la tarde comenzará la Octava en el altar mayor, con la celebración de la Palabra y adoración eucarística. Posteriormente, y como marca la tradición, el órgano señalará el inicio del baile de seises, en esta ocasión ataviados con el terno celeste y blanco, propio de la solemnidad inmaculista. El acceso será desde las 16:45 por las puertas de Palos y San Miguel.

Los Seises de la Catedral de Sevilla
No se sabe con seguridad desde cuándo comenzaron a danzar los seises de la Catedral de Sevilla, pero su aparición parece está ligada a la procesión del Corpus durante el periodo renacentista, a la que más tarde se sumaron las otras dos, la Inmaculada y en el preámbulo del Miércoles de Ceniza, ritual con el que todos los años se inicia la Cuaresma. Este útltimo rito tiene su origen en 1695 y se celebra gracias a que el caballero don Francisco de Contreras y Chávez donó sus bienes al Cabildo para que en los días de Carnaval se celebraran estos cultos eucarísticos en desagravio a Dios por los pecados y ofensas de la gente durante estas fiestas paganas. Se trata de una de las tradiciones más entrañables y cercanas al pueblo que tiene lugar en la Catedral y una de las ocasiones en las que mejor se puede apreciar el baile de los niños, ya que suele ser una celebración menos multitudinaria que la del Corpus o la Inmaculada.

El baile de los Seises
Primitivamente bailaban acompañándose con un instrumento musical característico del pasado sevillano: el «adufe» o pandero. Más tarde se sustituyó por las castañuelas, que utilizan todos los niños en sus bailes en la actualidad. Durante las actuaciones interpretaban villancicos de la época medieval y a finales del siglo XVI ya se van sustituyendo por canciones musicales de mayor empeño, creadas por los maestros de capilla de la Catedral. Solían ir acompañadas del órgano y de la orquesta, siempre en un compás lento y ceremonioso.

En todos los actos de Los Seises realizan tres bailes, uno en honor del Santísimo Sacramento, o en honor de la Virgen, el segundo baile en honor del prelado, y el tercero en honor de las autoridades y del pueblo. Además de participar en los cultos, y bailar ante el altar en las dos octavas, suelen salir en otras ocasiones excepcionales.

El traje es de color azul celeste para la festividad de la Inmaculada Concepción

Raúl Doblado
Una indumentaria de leyenda
Los trajes de los diez niños que forman el cortejo de los Seises no son cualquiera y han ido evolucionando de una forma muy peculiar de la mano de una tradición casi de leyenda. Tal y como contó años atrás en este mismo periódico Manuel Sánchez de los Reyes, «en los dos primeros siglos vestían de pastorcillos, con una pelliza mostrando la lana del cordero hacia fuera, calzados cortos, y unos borceguíes o botas de becerro. También se cree que en alguna festividad eucarística se ataviaban con trajes de ángeles». Un detalle muy curioso es que hay un tabernáculo o caja de guardar las Hostias que se conserva en la Catedral, que tiene pintada sobre la madera unas figuras de angelitos que llevan las alas sujetas a los pies, con unas polaínas, y que se supone es una representación de los primitivos seises.

Fue en el siglo XVII cuando se cambió la ropa por un trajecito de paje al estilo de la corte de los Austrias. De esta manera lo describe De los Reyes: «un juboncillo o coleto, que viene a ser como una chaquetilla sin mangas, muy ajustado al cuerpo. Por debajo de él asomaban las mangas de una prenda a manera de camisa, plisadas y abullonadas». Dependiendo de la festividad el juboncillo es de color u otro. Rojo para los día de octava del Corpus, y azul celeste para la octava de la Inmaculada Concepción. La prenda inferior es un calzón corto, de seda blanca, y de color blanco también las medias. El atuendo se completa con una banda que cruza el pecho, zapatos forrados en raso, y un sombrero con plumas.

Los bailes de los Seises, a pesar de ser una tradición muy arraigada en la ciudad y que no se sale del tono ceremonioso cumpliendo siempre con el decoro para el que fueron creados, no siempre han sido aceptados por los arzobispos de la sede hispalense. Muchos de ellos rechazaron esta tradición y procuraron por todos los medios suprimir los niños seises y acabar con el baile ante el altar mayor. Esta interesante polémica la cuenta con detalle De Los Reyes, ya que hubo canónigos llegaron a acudir a querellarse en Roma y «hubo un ruidosísimo proceso eclesiástico».

El asunto se cerró con una disposición de el Papa de Roma que rezaba lo siguiente: «continúen Los Seises y sus bailes en la Catedral de Sevilla como hasta ahora, pero solamente por el tiempo que que les duren los actuales vestidos, y cuando éstos sean desechados no se les hagan vestidos nuevos y se dé por terminado este uso». En este momento parecía que se le puso fecha de caducidad a la tradición, pero afortunadamente no fue así.

Para que nunca se desechasen los vestidos, puesto que no se les podrían hacer nunca otro nuevos, el Cabildo determinó que de esa fecha en adelante se le hicieran a tales vestidos solamente reparaciones, pero nunca sustituirlos por otros nuevos. Y aquí está el truco: las reparaciones consistirían en hacerles modificaciones por partes. Es decir, cambiarles un mes una manga, al siguiente la otra, sustituir más adelante un delantero, y reponer al año posterior la banda. Y con los sombreros la estrategia es idéntica: se les cambia un año las plumas, otro la copa, y al otro el ala y así. El arte de ir remendando siempre, peculiar tradición que siguen desde aquella fecha hasta hoy.

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