El acusado de intentar matar a su mujer en la Macarena alega que sufrió «un apagón» de conciencia y no recuerda nada

Cuando el Gobierno decretó el 14 de marzo de 2020 el estado de alarma por el coronavirus y con ello establecía un confinamiento muy estricto, muchas voces (policiales, judiciales, asociaciones de mujeres, etc.) alertaban de la situación complicada en la que quedarían a partir de entonces parejas con problemas obligadas a vivir bajo el mismo techo. Advertían de un aumento de los casos de violencia machista. La Audiencia de Sevilla ha juzgado este viernes uno de esos episodios que pudo acabar con la vida de una mujer de unos 46 años, a quien presuntamente su marido le asestó dos puñaladas en el cuello. Vivían en un piso de la calle Torreblanca, en pleno barrio de la Macarena de la capital.

El día 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, cuando ya se anunciaba la pandemia del Covid-19, la víctima le comunicó a su marido, Carlos Eduardo S.V., que quería separarse, lo que le pilló por sorpresa. Llevaban casi seis años de relación, los últimos ocho meses casados. El día 14 se anunciaba el estado de alarma y la ciudadanía tenía que encerrarse en sus casas. Los dos protagonistas de este caso de violencia de género, en proceso de separación, seguían viviendo juntos. Ella le había dado varias semanas para salir del piso. «Estábamos atrapados», ha afirmado el acusado.

En la noche del 19 al 20 de ese mes, el acusado, que se enfrenta a nueve años de prisión por un intento de asesinato, le atacó sorpresivamente en el piso que ambos compartían, le clavó dos veces un cuchillo en el cuello, le intentó asfixiar con las manos y, una vez que ella logró escapar pidiendo ayuda a sus vecinos, él intentó suicidarse con cortes en las muñecas.

La búsqueda en Internet
Así, al menos lo cuenta la Fiscalía en su relato de los hechos y la propia víctima. En cambio, el acusado, de origen sudamericano, durante un largo interrogatorio, ha explicado que aquella noche, tras una conversación que mantuvieron ambos en la azotea del bloque durante un espacio de unos 20 minutos, decidió quitarse la vida y se tomó 30 pastillas de Rivotril (clonazepam). Había leído en Internet que el efecto letal de esa pastilla se alcanza con 50 gramos, se tomó en torno a sesenta gramos.

Su objetivo era quedarse dormido y poner fin a su vida, sumido en un estado depresivo tras saber que ella se quería separar, llevar un año sin trabajo y discrepancias con el hijo que tenía con su exmujer, según ha narrado el acusado. Desde el día 8 era «un zombi, estana anulado» y ya merodeaba su cabeza suicidarse.

«No declares, no declares, no declares»
Pero, estos ansiolíticos, en palabras de Carlos Eduardo, le provocaron un «apagón» o «laguna» de conciencia que recuperó cuando ya llevaba tres días en prisión, por lo que ha dicho que no se acuerda de nada de lo que pasó, sólo tiene «flashes, sueños difusos». En el primero ve la cara de la víctima delante suya, pero no sabe lo que le decía mientras gritaba; en el segundo, él buscando algo; en el tercer sueño está boca abajo en un charco de sangre; en el cuarto aparece boca arriba pero no sabe dónde está; y en el quinto y último «flash» recuerda a su abogado diciéndole de forma insistentes «no declares».

Durante su declaración sólo se ha referido en una ocasión a la agresión contra su mujer, de nacionalidad griega. Pero no ha aportado dato alguno de cómo sucedió. Ella en cambio sí ha recordado más detalles durante su declaración.

La víctima ha coincidido con el acusado en que la relación entre ambos era buena y nunca hubo episodios violento
s. Si bien es cierto que desde el año 2019 comenzaron a darse ciertas presiones psicológicas, como ella lo ha calificado. Estas presiones venían por la insistencia de él a tener relaciones sexuales o algunos episodios de celos con algunos amigos con los que ella solía salir a tomar algo. A pesar de esta situación a mediados de ese año se casaron, porque, según ella, él se lo había prometido pero siempre le daba largas y ella no quería alargar más la situación sin contraer matrimonio.

Ni borracho ni depresivo
Ha comentado que exmarido tomaba un Rivotril todos los días justo antes de dormir porque el efecto para descansar era inmediato. También ha señalado que el acusado quería irse a Bélgica a trabajar porque en España no encontraba empleo, si bien ella le recordaba que iba a dejar a su hijo aquí.

Otro de los puntos en el que ambos protagonistas difieren es el uso de los auriculares. Según el acusado, cuando decidieron separarse pero estaban aún conviviendo, ella le obligó a ponerse unos auriculares mientras ella hacía llamadas con otras personas, entre ellas la que hoy es su actual pareja. Según la víctima, el uso de los auriculares con música fue de mutuo acuerdo.

Sobre el ataque sufrido, la mujer ha narrado que tras uno veinte minutos bajaron de la azotea, donde ella tomó una copa de vino y él una cerveza, no cinco o seis como Carlos Eduardo ha asegurado hoy, al tiempo que ha asegurado que se agarró al alcohol para aliviar el dolor. Pero, según ella, «apenas bebías, no toleraba el alcohol». Aquella noche no estaba borracho, ni depresivo, sino que presentaba un aspecto de normalidad.

«Pensé que me mataba»
Ya en el piso, ella llamó a un amigo (hoy su pareja) durante un par de horas, mientras el acusado estaba en el salón. Al salir de la habitación de hablar por teléfono, ella se dirigió a la cocina a hacerse algo de comer. Pero antes le pidió a él que le imprimiese algo de su trabajo como profesora de inglés.

Cuando estaba en la cocina, sintió que él iba detrás. Sintió su presencia, según ha relatado. Entonces, notó la primera cuchillada en el cuello. Fue todo muy rápido. Se giró, lo miró y le dijo: «¿Qué haces?». La tiró al suelo. Ella pataleaba mientras él le apretaba el cuello con las dos manos. «Pensé que me mataba», ha dicho la mujer este viernes. Le mordió un dedo para defenderse, pero él logró soltarse y volvió a coger el cuchillo y propinarle otra cuchillada en el cuello. Logró zafarse de su marido y escapó de la casa, cayendo en las escaleras, donde pidió auxilio a los vecinos. La llamada de una vecina a los servicios de emergencias le salvó la vida. Tenía la carótida afectada. Tuvo que ser operada de urgencias.

A preguntas de su letrada, la víctima ha explicado que su agresor tenía «planificado» el ataque, que se produjo un jueves y sabía que ella no tenía que volver a trabajar hasta el viernes. «Quizás quería irse o hacerme desaparecer. Lo tenía todo muy claro, los cortes en el cuello, ahogarme mirándome a los ojos», ha expresado, añadiendo que el cuchillo lo había cogido antes de que ella entrase en la cocina.Cuando el Gobierno decretó el 14 de marzo de 2020 el estado de alarma por el coronavirus y con ello establecía un confinamiento muy estricto, muchas voces (policiales, judiciales, asociaciones de mujeres, etc.) alertaban de la situación complicada en la que quedarían a partir de entonces parejas con problemas obligadas a vivir bajo el mismo techo. Advertían de un aumento de los casos de violencia machista. La Audiencia de Sevilla ha juzgado este viernes uno de esos episodios que pudo acabar con la vida de una mujer de unos 46 años, a quien presuntamente su marido le asestó dos puñaladas en el cuello. Vivían en un piso de la calle Torreblanca, en pleno barrio de la Macarena de la capital.

El día 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, cuando ya se anunciaba la pandemia del Covid-19, la víctima le comunicó a su marido, Carlos Eduardo S.V., que quería separarse, lo que le pilló por sorpresa. Llevaban casi seis años de relación, los últimos ocho meses casados. El día 14 se anunciaba el estado de alarma y la ciudadanía tenía que encerrarse en sus casas. Los dos protagonistas de este caso de violencia de género, en proceso de separación, seguían viviendo juntos. Ella le había dado varias semanas para salir del piso. «Estábamos atrapados», ha afirmado el acusado.

En la noche del 19 al 20 de ese mes, el acusado, que se enfrenta a nueve años de prisión por un intento de asesinato, le atacó sorpresivamente en el piso que ambos compartían, le clavó dos veces un cuchillo en el cuello, le intentó asfixiar con las manos y, una vez que ella logró escapar pidiendo ayuda a sus vecinos, él intentó suicidarse con cortes en las muñecas.

La búsqueda en Internet
Así, al menos lo cuenta la Fiscalía en su relato de los hechos y la propia víctima. En cambio, el acusado, de origen sudamericano, durante un largo interrogatorio, ha explicado que aquella noche, tras una conversación que mantuvieron ambos en la azotea del bloque durante un espacio de unos 20 minutos, decidió quitarse la vida y se tomó 30 pastillas de Rivotril (clonazepam). Había leído en Internet que el efecto letal de esa pastilla se alcanza con 50 gramos, se tomó en torno a sesenta gramos.

Su objetivo era quedarse dormido y poner fin a su vida, sumido en un estado depresivo tras saber que ella se quería separar, llevar un año sin trabajo y discrepancias con el hijo que tenía con su exmujer, según ha narrado el acusado. Desde el día 8 era «un zombi, estana anulado» y ya merodeaba su cabeza suicidarse.

«No declares, no declares, no declares»
Pero, estos ansiolíticos, en palabras de Carlos Eduardo, le provocaron un «apagón» o «laguna» de conciencia que recuperó cuando ya llevaba tres días en prisión, por lo que ha dicho que no se acuerda de nada de lo que pasó, sólo tiene «flashes, sueños difusos». En el primero ve la cara de la víctima delante suya, pero no sabe lo que le decía mientras gritaba; en el segundo, él buscando algo; en el tercer sueño está boca abajo en un charco de sangre; en el cuarto aparece boca arriba pero no sabe dónde está; y en el quinto y último «flash» recuerda a su abogado diciéndole de forma insistentes «no declares».

Durante su declaración sólo se ha referido en una ocasión a la agresión contra su mujer, de nacionalidad griega. Pero no ha aportado dato alguno de cómo sucedió. Ella en cambio sí ha recordado más detalles durante su declaración.

La víctima ha coincidido con el acusado en que la relación entre ambos era buena y nunca hubo episodios violento
s. Si bien es cierto que desde el año 2019 comenzaron a darse ciertas presiones psicológicas, como ella lo ha calificado. Estas presiones venían por la insistencia de él a tener relaciones sexuales o algunos episodios de celos con algunos amigos con los que ella solía salir a tomar algo. A pesar de esta situación a mediados de ese año se casaron, porque, según ella, él se lo había prometido pero siempre le daba largas y ella no quería alargar más la situación sin contraer matrimonio.

Ni borracho ni depresivo
Ha comentado que exmarido tomaba un Rivotril todos los días justo antes de dormir porque el efecto para descansar era inmediato. También ha señalado que el acusado quería irse a Bélgica a trabajar porque en España no encontraba empleo, si bien ella le recordaba que iba a dejar a su hijo aquí.

Otro de los puntos en el que ambos protagonistas difieren es el uso de los auriculares. Según el acusado, cuando decidieron separarse pero estaban aún conviviendo, ella le obligó a ponerse unos auriculares mientras ella hacía llamadas con otras personas, entre ellas la que hoy es su actual pareja. Según la víctima, el uso de los auriculares con música fue de mutuo acuerdo.

Sobre el ataque sufrido, la mujer ha narrado que tras uno veinte minutos bajaron de la azotea, donde ella tomó una copa de vino y él una cerveza, no cinco o seis como Carlos Eduardo ha asegurado hoy, al tiempo que ha asegurado que se agarró al alcohol para aliviar el dolor. Pero, según ella, «apenas bebías, no toleraba el alcohol». Aquella noche no estaba borracho, ni depresivo, sino que presentaba un aspecto de normalidad.

«Pensé que me mataba»
Ya en el piso, ella llamó a un amigo (hoy su pareja) durante un par de horas, mientras el acusado estaba en el salón. Al salir de la habitación de hablar por teléfono, ella se dirigió a la cocina a hacerse algo de comer. Pero antes le pidió a él que le imprimiese algo de su trabajo como profesora de inglés.

Cuando estaba en la cocina, sintió que él iba detrás. Sintió su presencia, según ha relatado. Entonces, notó la primera cuchillada en el cuello. Fue todo muy rápido. Se giró, lo miró y le dijo: «¿Qué haces?». La tiró al suelo. Ella pataleaba mientras él le apretaba el cuello con las dos manos. «Pensé que me mataba», ha dicho la mujer este viernes. Le mordió un dedo para defenderse, pero él logró soltarse y volvió a coger el cuchillo y propinarle otra cuchillada en el cuello. Logró zafarse de su marido y escapó de la casa, cayendo en las escaleras, donde pidió auxilio a los vecinos. La llamada de una vecina a los servicios de emergencias le salvó la vida. Tenía la carótida afectada. Tuvo que ser operada de urgencias.

A preguntas de su letrada, la víctima ha explicado que su agresor tenía «planificado» el ataque, que se produjo un jueves y sabía que ella no tenía que volver a trabajar hasta el viernes. «Quizás quería irse o hacerme desaparecer. Lo tenía todo muy claro, los cortes en el cuello, ahogarme mirándome a los ojos», ha expresado, añadiendo que el cuchillo lo había cogido antes de que ella entrase en la cocina.

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