Alfonso Guerra: «Con un payaso recorriendo los países es muy difícil arreglar lo de Cataluña»

La foto tabernaria de Alfonso Guerra con Fernando Abril Martorell en la fragua de la Constitución es un icono del consenso. El PSOE y la UCD con gafas de pasta. El camarero con pajarita. Pero en aquellos efluvios de libertad del 78 hubo una clandestinidad, entonces llamada discreción, tan crucial como la de Isidoro en Suresnes. La Carta Magna española exigía tal nivel de concordia que sólo podía cuajarse en el cuarto oscuro de las concesiones inconfesables. Guerra y Peces-Barba habían previsto un conciliábulo con tres ministros de Suárez para desarrollar los cimientos de la democracia después del franquismo. Y aquella idea derivó en un pacto en el que no faltaba ninguna sensibilidad política. El éxito de la Transición fue el equilibrio en el paritorio constitucional. Guerra se quedó en la sala de espera mientras su compañero Peces-Barba trabajaba en el quirófano de la libertades con Fraga en representación de Alianza Popular, Herrero y Rodríguez de Miñón, Cisneros y Pérez-Llorca de la Unión de Centro Democrático, Solé Turá del Partido Comunista y Miguel Roca Junyent en representación de las llamadas minorías nacionalistas.

Eran tiempos en los que el PSOE se estaba rearmando en un despacho de abogados de Sevilla al albur de maestros como Manuel Jiménez Fernández, Clavero Arévalo, Manuel Olivencia o Jaime García Añoveros. Unos eran católicos de comunión diaria y otros eran ateos. Pero todos eran intelectuales. De aquel sustrato salió una generación determinante para la Historia de España. En la capital andaluza se formó una quinta de abogados de prestigio. José Luis Montero Gómez y Armando Fernández-Aramburu montaron su despacho en 1971. Entonces competía con el de un tal Felipe González. Medio siglo después, aquella disputa se ha convertido en abrazo, por seguir hablando de consenso. Ayer el bufete Montero Aramburu celebró en Sevilla su 50 aniversario juntando en un mismo atril a Alfonso Guerra y Miquel Roca. Sólo faltaba el camarero de la pajarita. La charla se titulaba ‘El consenso en la vida pública. Ayer y hoy’. Como con Abril Martorell, con quien Guerra pactó el texto de la primera ponencia constitucional y mantuvo una profunda relación de afecto personal, el espíritu de hermandad a pesar de las diferencias pululó en el ambiente con Roca, postor de la otra gran arista de nuestro marco jurídico, la territorial. Esa España del abrazo en el mostrador, sin enemigos, tan alejada de la gresca contemporánea, no es una nostalgia. Sigue ahí. Ayer se sentó a debatir en un sofá del pasado y del futuro. De los populismos, del Consejo General del Poder Judicial, de los detractores de la Constitución…

Miquel Roca: «Después de lo que hicimos y conseguimos, la situación en Cataluña me amarga»

Roca fue directo al grano, como cuando se sentó por primera vez con los otros seis padres de la Carta Magna y le preguntó a Fraga: «¿Usted cuándo me va a detener?». Para el veterano abogado el consenso está en decadencia: «El consenso es el escenario absolutamente imprescindible para cualquier construcción democrática que tenga deseos de permanecer en el tiempo. Esto está en el sentir más íntimo de las personas». Para él todo el consenso se resume en una anécdota que vivió tras las primeras sesiones de trabajo en la redacción de la Constitución: «Cuando estábamos haciendo aquello fui a ver al presidente Tarradellas y al salir del Palacio de la Generalitat a la una de la noche, veo que se acerca un señor que se viene frontal hacia mí. Debió ver en mí una cara de preocupación y me dijo: «no se preocupe, señor Roca, sólo vengo a pedirle una cosa: esta vez esto tiene que salir bien». No sé a quién votaba, pero ese señor sabía que estábamos rompiendo con una tradición muy negativa de nuestra historia más reciente.

El presidente de honor de Montero Aramburu, Alfredo Álvarez Tello

Vanessa Gómez
«La democracia, si quiere ser la expresión de la pluralidad y la diversidad, lleva implícito el consenso y la Constitución no fue nada más que esto, saber de dónde veníamos, no querer volver a ello y saber que para ello teníamos que hablar. Todo el mundo sabía que algo tenía que ceder, pero eso valía mucho menos que lo que se iba a construir. Cuando a veces se habla de reformas, que nadie olvide que aquello lo votó el 90 por ciento de la población, no el 50,1. Y en Cataluña el 9».

Alfonso Guerra: «El PSOE y el PP miman a los populismos, los blanquean»

Guerra asentía. Algún puyazo se guardaba para poder seguir siendo fiel a sí mismo, pero el consenso siempre está lleno de espinas. Primero expuso la rosa. «Es verdad que no es posible entender la importancia de aquel momento y de lo que se hizo por unos y por otros si no echamos la vista atrás de lo que había ocurrido en España. En el siglo XIX y XX tuvimos guerras civiles, asonadas, golpes de estado, pronunciamientos… Nadie legitimaba el poder, el que fuera». El histórico socialista incidió en el contexto para llegar a conclusiones muy firmes que hoy el PSOE pone en duda: «La sociedad española sabía que en España se fusilaba muy bien. Se fusilaba por cualquier cosa. La II República inflamó el corazón de mucha gente en España, pero eso duró poco por muchas razones y se inició una guerra civil muy cruel. Muchos años después, al momento en que el dictador va a morir, todo el mundo se pregunta en España y en el mundo entero qué iba a pasar. La sociedad presiona claramente para que los políticos se pongan de acuerdo y se inicia un consenso en el que logramos un texto que en sí mismo tiene mucho valor, pero el valor principal es que existe una regla, un libro, que está legitimado por todos, por el 92 por ciento de los congresistas, en el senado con el 94 y en el referéndum popular por el 90 por ciento de lso españoles. Eso nos da la posibilidad de poder trabajar gobierne quien gobierne». Alfonso Guerra no comparte los tres argumentos que abanderan quienes hoy califican aquel acuerdo como ‘régimen del 78’.«¿Cómo pudieron ponerse de acuerdo? Cediendo. Ceder no es traicionar los principios. La definición mejor del consenso es la nómina de la renuncia que tuvimos que hacer todos. Si todo el mundo cede una parte, nadie ha cedido. A los 25 años empezaron a aparecer voces críticas sobre la Transición. Tienen todo el derecho. Lo que no tienen es razón. Porque ellos argumentan tres razones. La primera es que dicen que aquello fue una traición a la clase trabajadora porque la derecha logró sacar una amnistía. Eso es falso. Cualquiera que tenga memoria sabe que en los últimos años de la dictadura fue la izquierda la que reivindicó la amnistía. Lo votó toda la cámara salvo los siete magníficos de la dictadura, que se presentaron como Alianza Popular. El segundo argumento es que se desmovilizó a la clase trabajadora. Falso. En el año 76 se pierden más horas por huelga en España que nunca. Y como última razón dicen que hubo un pacto de silencio para que no se hablara nada de la dictadura. ¡Pero si se han escrito más libros de la Guerra Civil española que de la Segunda Guerra Mundial! Llevamos 27.000 libros de la Guerra Civil».

Miguel Roca: «El populismo es carísimo e ineficaz»

Para estos críticos los dos tuvieron palabras mayores. Guerra opina que «son detractores para ocultar la carencia de un proyecto que dar, no tienen nada que ofrecer y han decidido que nuestra Constitución, que es de las más modernas, es en realidad lo contrario de lo que dicen que representa. Le llaman ‘el régimen del 78’ intentando copararlo con Franco, pero la Constitución española es el documento más importante que han hecho nunca los demócratas en España en toda su historia». Para Roca no tiene sentido el reparo populista: «Ellos dicen ‘es que yo no estaba’. Muchos no hicimos el Código Civil y ahí está plenamente vigente. Siempre está abierta la puerta de la reforma, pero también dicen que es difícil reformar. Lógico.Es que una Constitución es un docuemnto muy solemne, refórmenla, pero háganlo a base de decir algún proyecto porque de momento sé lo que no les gusta, pero no lo que les gusta».

Un momento de la intervención de Miquel Roca

Vanessa Gómez
Este diálogo llevó a un planteamiento inevitable. ¿Son peores los políticos de ahora? Guerra no se cortó: «Hoy se teme al pacto. No pienso que esta generación sea peor que la nuestra, creo que es mejor, lo que ocurre es que entonces las mejores cabezas y los corazones más palpitantes iban a la política y ahora las mejores cabezas no van. No es que sea peor esta generación, es que no están los mejores en la política. Pongan ustedes en un folio horizontal los líderes de todos los partidos, Fraga, González, Roca, Carrillo… Y luego pongan debajo el que hoy es de cada uno de esos partidos. Ustedes dirán». Roca, sonriendo, le siguió el hilo: «Que no digan las tonterias de que se renunció y se traicionó no sé qué, eso son chorradas. Que no digan que ahora el consenso es imposible, ¡es que no lo intentan!. Claro que consensuar cuesta un esfuerzo. Consiste en aprender a respetar la opinión del otro, intentar sacar lo que puedas en el sentido más positivo y conformar una base de respeto institucional». El principal problema para él está actualmente en el frentismo: «Para convivir que no me diga nadie que no hemos de pactar. Eso hay que hacerlo hasta en la comunidad de vecinos para decidir a qué hora se saca la basura. Si esto se olvida, se pone en riesgo las esencias democráticas. Aquello nosotros lo tuvimos muy presente. El que no quiera ver la transformación espectacular de España, que se lo mire. Lógicamente hay que querer siempre más, pero este querer más necesita reconocer que ya hemos hecho mucho, no que no hemos hecho nada. Los pactos siempre han sido propios de los valientes, no de los cobardes. El que asume una responsabilidad, la asume con el compromiso de tener el coraje de defender el interés general».

Alfonso Guerra: «Los críticos con la Transición tienen todo el derecho, lo que no tienen es la razón»

Pero el pacto también necesita roces. Salieron a relucir en el asunto de Cataluña. Guerra dio primero: «No hay un embrollo catalán, hay un embrollo del nacionalismo catalán. Cataluña no ha creado un problema, es un grupo nacionalista el que lo ha creado». Roca fue más sutil, pero muy elocuente: «Mi posición de fidelidad a lo que hicimos en el 78, pero que se hable es bueno. Hay problemas como este que a mí me pueden afectar más porque para mí tienen una amarga sensación. Después de lo que hicimos y de lo que conseguimos, esta situación me amarga. Lo que se consiguió es mucho. Lo que España hizo con la descentralización del poder territorial es inconcebible. Nuestro modelo era Alemania, pero la federalización de Alemania la hicieron los tanques americanos y aquí la hicimos nosotros solos. Yo quiero que esto permanezca y avance. Quizás lo más que puedo hacer es callarme, lo cual no deja de generarme una cierta tristeza». Guerra mostró entonces su versión más directa: «Pero Miquel, el término diálogo lo están utilizando como si fuera la panacea. Dialogar no sirve para nada, hay que pactar y eso en las posiciones de cada uno lo veo imposible porque hay una parte que está rompiendo la base de la unidad. Yo no tengo mucha esperanza». El debate se encendió.

-De entrada no está mal decir ‘te invito a un café’ y normalmente estas cosas empiezan a tomar cuerpo en los postres -expuso el catalán.

-Claro, hombre, la primera vez que entré en el Congreso, por el pasillo vi a Fraga, que yo lo conocía por el Nodo, y pensé que nos íbamos a tirar al cuello, pero nos dimos los buenos días -bromeó el sevillano.

-Por eso, Alfonso, lo más difícil es dejarlo de intentar. Hay que intentarlo y hay que forzarlo.

-Pero no podrás negarme, Miquel, que con un payaso recorriendo los países es muy difícil

-Ya sabes que yo esto no lo puedo decir.

-Si yo sé que estamos de acuerdo, hombre.

-Bueno, Alfonso, pero hay que intentarlo. Tenemos un momento muy complicado en España desde todos los puntos de vista y hemos de hacer todos un esfuerzo. Hay que mitigar porque si no, sólo se vive del insulto, de la descalificación. Es más cómodo insultar que decir algo.

-Eso está pasando ahora en en el Congreso, querido Miquel.

Miguel Roca: «Reformen la Constitución, pero digan cómo. De momento sé lo que no les gusta, pero no lo que les gusta»

La conversación derivó al bloqueo del Consejo General del Poder Judicial, asunto en el que ambos emiten una sola frase, «hay que aplicar la ley», y en la falta de categoría de la clase política contemporánea. «No han leído nada», se lamentó Guerra. De fondo, sobre ese sofá, subyace un viejo entendimiento que viene del Sur de Francia. De Suresnes a Burdeos, donde nació el catalán. Su familia era carlista. Pero el exilio que les marcó no fue el geográfico, fue el ideológico. Por eso esa generación se dotó, profesionalmente por una parte e intelectualmente por otra, de unas bases que cimentaron el acuerdo de la Transición. Entonces los políticos llegaban a transacciones y acuerdos para buscar un país habitable. Lo que persiguen los actuales, mucho más inconsistentes, son los cielos perfectos. Saben menos pero quieren más. Quizás porque una cosa es consecuencia de la otra.

-El populismo es carísimo e ineficaz -musita Roca.

-Lo malo es que el PSOE y el PP miman el populismo, lo blanquea, cuando lo que tendrían que hacer es pactar -resuelve Guerra.

La sombra del camarero de la pajarita de aquella taberna del 78 se proyecta en la memoria mientras ambos siguen discutiendo.La foto tabernaria de Alfonso Guerra con Fernando Abril Martorell en la fragua de la Constitución es un icono del consenso. El PSOE y la UCD con gafas de pasta. El camarero con pajarita. Pero en aquellos efluvios de libertad del 78 hubo una clandestinidad, entonces llamada discreción, tan crucial como la de Isidoro en Suresnes. La Carta Magna española exigía tal nivel de concordia que sólo podía cuajarse en el cuarto oscuro de las concesiones inconfesables. Guerra y Peces-Barba habían previsto un conciliábulo con tres ministros de Suárez para desarrollar los cimientos de la democracia después del franquismo. Y aquella idea derivó en un pacto en el que no faltaba ninguna sensibilidad política. El éxito de la Transición fue el equilibrio en el paritorio constitucional. Guerra se quedó en la sala de espera mientras su compañero Peces-Barba trabajaba en el quirófano de la libertades con Fraga en representación de Alianza Popular, Herrero y Rodríguez de Miñón, Cisneros y Pérez-Llorca de la Unión de Centro Democrático, Solé Turá del Partido Comunista y Miguel Roca Junyent en representación de las llamadas minorías nacionalistas.

Eran tiempos en los que el PSOE se estaba rearmando en un despacho de abogados de Sevilla al albur de maestros como Manuel Jiménez Fernández, Clavero Arévalo, Manuel Olivencia o Jaime García Añoveros. Unos eran católicos de comunión diaria y otros eran ateos. Pero todos eran intelectuales. De aquel sustrato salió una generación determinante para la Historia de España. En la capital andaluza se formó una quinta de abogados de prestigio. José Luis Montero Gómez y Armando Fernández-Aramburu montaron su despacho en 1971. Entonces competía con el de un tal Felipe González. Medio siglo después, aquella disputa se ha convertido en abrazo, por seguir hablando de consenso. Ayer el bufete Montero Aramburu celebró en Sevilla su 50 aniversario juntando en un mismo atril a Alfonso Guerra y Miquel Roca. Sólo faltaba el camarero de la pajarita. La charla se titulaba ‘El consenso en la vida pública. Ayer y hoy’. Como con Abril Martorell, con quien Guerra pactó el texto de la primera ponencia constitucional y mantuvo una profunda relación de afecto personal, el espíritu de hermandad a pesar de las diferencias pululó en el ambiente con Roca, postor de la otra gran arista de nuestro marco jurídico, la territorial. Esa España del abrazo en el mostrador, sin enemigos, tan alejada de la gresca contemporánea, no es una nostalgia. Sigue ahí. Ayer se sentó a debatir en un sofá del pasado y del futuro. De los populismos, del Consejo General del Poder Judicial, de los detractores de la Constitución…

Miquel Roca: «Después de lo que hicimos y conseguimos, la situación en Cataluña me amarga»

Roca fue directo al grano, como cuando se sentó por primera vez con los otros seis padres de la Carta Magna y le preguntó a Fraga: «¿Usted cuándo me va a detener?». Para el veterano abogado el consenso está en decadencia: «El consenso es el escenario absolutamente imprescindible para cualquier construcción democrática que tenga deseos de permanecer en el tiempo. Esto está en el sentir más íntimo de las personas». Para él todo el consenso se resume en una anécdota que vivió tras las primeras sesiones de trabajo en la redacción de la Constitución: «Cuando estábamos haciendo aquello fui a ver al presidente Tarradellas y al salir del Palacio de la Generalitat a la una de la noche, veo que se acerca un señor que se viene frontal hacia mí. Debió ver en mí una cara de preocupación y me dijo: «no se preocupe, señor Roca, sólo vengo a pedirle una cosa: esta vez esto tiene que salir bien». No sé a quién votaba, pero ese señor sabía que estábamos rompiendo con una tradición muy negativa de nuestra historia más reciente.

El presidente de honor de Montero Aramburu, Alfredo Álvarez Tello

Vanessa Gómez
«La democracia, si quiere ser la expresión de la pluralidad y la diversidad, lleva implícito el consenso y la Constitución no fue nada más que esto, saber de dónde veníamos, no querer volver a ello y saber que para ello teníamos que hablar. Todo el mundo sabía que algo tenía que ceder, pero eso valía mucho menos que lo que se iba a construir. Cuando a veces se habla de reformas, que nadie olvide que aquello lo votó el 90 por ciento de la población, no el 50,1. Y en Cataluña el 9».

Alfonso Guerra: «El PSOE y el PP miman a los populismos, los blanquean»

Guerra asentía. Algún puyazo se guardaba para poder seguir siendo fiel a sí mismo, pero el consenso siempre está lleno de espinas. Primero expuso la rosa. «Es verdad que no es posible entender la importancia de aquel momento y de lo que se hizo por unos y por otros si no echamos la vista atrás de lo que había ocurrido en España. En el siglo XIX y XX tuvimos guerras civiles, asonadas, golpes de estado, pronunciamientos… Nadie legitimaba el poder, el que fuera». El histórico socialista incidió en el contexto para llegar a conclusiones muy firmes que hoy el PSOE pone en duda: «La sociedad española sabía que en España se fusilaba muy bien. Se fusilaba por cualquier cosa. La II República inflamó el corazón de mucha gente en España, pero eso duró poco por muchas razones y se inició una guerra civil muy cruel. Muchos años después, al momento en que el dictador va a morir, todo el mundo se pregunta en España y en el mundo entero qué iba a pasar. La sociedad presiona claramente para que los políticos se pongan de acuerdo y se inicia un consenso en el que logramos un texto que en sí mismo tiene mucho valor, pero el valor principal es que existe una regla, un libro, que está legitimado por todos, por el 92 por ciento de los congresistas, en el senado con el 94 y en el referéndum popular por el 90 por ciento de lso españoles. Eso nos da la posibilidad de poder trabajar gobierne quien gobierne». Alfonso Guerra no comparte los tres argumentos que abanderan quienes hoy califican aquel acuerdo como ‘régimen del 78’.«¿Cómo pudieron ponerse de acuerdo? Cediendo. Ceder no es traicionar los principios. La definición mejor del consenso es la nómina de la renuncia que tuvimos que hacer todos. Si todo el mundo cede una parte, nadie ha cedido. A los 25 años empezaron a aparecer voces críticas sobre la Transición. Tienen todo el derecho. Lo que no tienen es razón. Porque ellos argumentan tres razones. La primera es que dicen que aquello fue una traición a la clase trabajadora porque la derecha logró sacar una amnistía. Eso es falso. Cualquiera que tenga memoria sabe que en los últimos años de la dictadura fue la izquierda la que reivindicó la amnistía. Lo votó toda la cámara salvo los siete magníficos de la dictadura, que se presentaron como Alianza Popular. El segundo argumento es que se desmovilizó a la clase trabajadora. Falso. En el año 76 se pierden más horas por huelga en España que nunca. Y como última razón dicen que hubo un pacto de silencio para que no se hablara nada de la dictadura. ¡Pero si se han escrito más libros de la Guerra Civil española que de la Segunda Guerra Mundial! Llevamos 27.000 libros de la Guerra Civil».

Miguel Roca: «El populismo es carísimo e ineficaz»

Para estos críticos los dos tuvieron palabras mayores. Guerra opina que «son detractores para ocultar la carencia de un proyecto que dar, no tienen nada que ofrecer y han decidido que nuestra Constitución, que es de las más modernas, es en realidad lo contrario de lo que dicen que representa. Le llaman ‘el régimen del 78’ intentando copararlo con Franco, pero la Constitución española es el documento más importante que han hecho nunca los demócratas en España en toda su historia». Para Roca no tiene sentido el reparo populista: «Ellos dicen ‘es que yo no estaba’. Muchos no hicimos el Código Civil y ahí está plenamente vigente. Siempre está abierta la puerta de la reforma, pero también dicen que es difícil reformar. Lógico.Es que una Constitución es un docuemnto muy solemne, refórmenla, pero háganlo a base de decir algún proyecto porque de momento sé lo que no les gusta, pero no lo que les gusta».

Un momento de la intervención de Miquel Roca

Vanessa Gómez
Este diálogo llevó a un planteamiento inevitable. ¿Son peores los políticos de ahora? Guerra no se cortó: «Hoy se teme al pacto. No pienso que esta generación sea peor que la nuestra, creo que es mejor, lo que ocurre es que entonces las mejores cabezas y los corazones más palpitantes iban a la política y ahora las mejores cabezas no van. No es que sea peor esta generación, es que no están los mejores en la política. Pongan ustedes en un folio horizontal los líderes de todos los partidos, Fraga, González, Roca, Carrillo… Y luego pongan debajo el que hoy es de cada uno de esos partidos. Ustedes dirán». Roca, sonriendo, le siguió el hilo: «Que no digan las tonterias de que se renunció y se traicionó no sé qué, eso son chorradas. Que no digan que ahora el consenso es imposible, ¡es que no lo intentan!. Claro que consensuar cuesta un esfuerzo. Consiste en aprender a respetar la opinión del otro, intentar sacar lo que puedas en el sentido más positivo y conformar una base de respeto institucional». El principal problema para él está actualmente en el frentismo: «Para convivir que no me diga nadie que no hemos de pactar. Eso hay que hacerlo hasta en la comunidad de vecinos para decidir a qué hora se saca la basura. Si esto se olvida, se pone en riesgo las esencias democráticas. Aquello nosotros lo tuvimos muy presente. El que no quiera ver la transformación espectacular de España, que se lo mire. Lógicamente hay que querer siempre más, pero este querer más necesita reconocer que ya hemos hecho mucho, no que no hemos hecho nada. Los pactos siempre han sido propios de los valientes, no de los cobardes. El que asume una responsabilidad, la asume con el compromiso de tener el coraje de defender el interés general».

Alfonso Guerra: «Los críticos con la Transición tienen todo el derecho, lo que no tienen es la razón»

Pero el pacto también necesita roces. Salieron a relucir en el asunto de Cataluña. Guerra dio primero: «No hay un embrollo catalán, hay un embrollo del nacionalismo catalán. Cataluña no ha creado un problema, es un grupo nacionalista el que lo ha creado». Roca fue más sutil, pero muy elocuente: «Mi posición de fidelidad a lo que hicimos en el 78, pero que se hable es bueno. Hay problemas como este que a mí me pueden afectar más porque para mí tienen una amarga sensación. Después de lo que hicimos y de lo que conseguimos, esta situación me amarga. Lo que se consiguió es mucho. Lo que España hizo con la descentralización del poder territorial es inconcebible. Nuestro modelo era Alemania, pero la federalización de Alemania la hicieron los tanques americanos y aquí la hicimos nosotros solos. Yo quiero que esto permanezca y avance. Quizás lo más que puedo hacer es callarme, lo cual no deja de generarme una cierta tristeza». Guerra mostró entonces su versión más directa: «Pero Miquel, el término diálogo lo están utilizando como si fuera la panacea. Dialogar no sirve para nada, hay que pactar y eso en las posiciones de cada uno lo veo imposible porque hay una parte que está rompiendo la base de la unidad. Yo no tengo mucha esperanza». El debate se encendió.

-De entrada no está mal decir ‘te invito a un café’ y normalmente estas cosas empiezan a tomar cuerpo en los postres -expuso el catalán.

-Claro, hombre, la primera vez que entré en el Congreso, por el pasillo vi a Fraga, que yo lo conocía por el Nodo, y pensé que nos íbamos a tirar al cuello, pero nos dimos los buenos días -bromeó el sevillano.

-Por eso, Alfonso, lo más difícil es dejarlo de intentar. Hay que intentarlo y hay que forzarlo.

-Pero no podrás negarme, Miquel, que con un payaso recorriendo los países es muy difícil

-Ya sabes que yo esto no lo puedo decir.

-Si yo sé que estamos de acuerdo, hombre.

-Bueno, Alfonso, pero hay que intentarlo. Tenemos un momento muy complicado en España desde todos los puntos de vista y hemos de hacer todos un esfuerzo. Hay que mitigar porque si no, sólo se vive del insulto, de la descalificación. Es más cómodo insultar que decir algo.

-Eso está pasando ahora en en el Congreso, querido Miquel.

Miguel Roca: «Reformen la Constitución, pero digan cómo. De momento sé lo que no les gusta, pero no lo que les gusta»

La conversación derivó al bloqueo del Consejo General del Poder Judicial, asunto en el que ambos emiten una sola frase, «hay que aplicar la ley», y en la falta de categoría de la clase política contemporánea. «No han leído nada», se lamentó Guerra. De fondo, sobre ese sofá, subyace un viejo entendimiento que viene del Sur de Francia. De Suresnes a Burdeos, donde nació el catalán. Su familia era carlista. Pero el exilio que les marcó no fue el geográfico, fue el ideológico. Por eso esa generación se dotó, profesionalmente por una parte e intelectualmente por otra, de unas bases que cimentaron el acuerdo de la Transición. Entonces los políticos llegaban a transacciones y acuerdos para buscar un país habitable. Lo que persiguen los actuales, mucho más inconsistentes, son los cielos perfectos. Saben menos pero quieren más. Quizás porque una cosa es consecuencia de la otra.

-El populismo es carísimo e ineficaz -musita Roca.

-Lo malo es que el PSOE y el PP miman el populismo, lo blanquea, cuando lo que tendrían que hacer es pactar -resuelve Guerra.

La sombra del camarero de la pajarita de aquella taberna del 78 se proyecta en la memoria mientras ambos siguen discutiendo.

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